He grabado en mi retina cada una de tus sonrisas, cada
gemido, cada orgasmo. He sentido que cada noche que pasamos juntos han sido las
noches más felices de mi vida, y no sólo porque hayan sido, también, las más
calurosas sexual y espiritualmente hablando, sino porque hay algo en ellas que
no habrá en ninguna otra noche: tu corazón latiendo junto al mío. Cierro los
ojos y recuerdo todas y cada una de esas noches, minuto a minuto, y juro que
revivo cada orgasmo, casi como si aún estuvieses dentro de mí. Y el pulso se me
acelera, y siento la necesidad de tenerte aquí conmigo, para follarnos o
hacernos el amor, para sentir tu piel, tus manos por mi espalda, mis uñas
clavándose en ti, como queriendo decir “más, más, más”, y lo digo. Y es que
jamás me cansaría de ti, de nuestros encuentros esporádicos llenos de sexo sin
control, a lo bestia, desatando las más bajas pasiones el uno del otro, con
unas ganas que no nos perdonan cada vez que estamos juntos. Pero más allá de
todo lo que la física de nuestros cuerpos es capaz de expresar entre sudor y
otros fluidos entremezclados, está lo que la química de nuestras almas al
tocarse produce al encontrarse. Porque déjame explicarte, amor, que no es lo
mismo correrse sin más que llegar al clímax y sentir que el alma se quiere
escapar de mi cuerpo, que la piel se me erice por ese estúpido temor a que no
la vuelvas a tocar, que mi cuerpo tiemble de miedo, placer y amor al saber que
hemos culminado el más bonito y placentero acto que jamás podrá sentir con
alguien que no seas tú.
viernes, 15 de febrero de 2013
domingo, 3 de febrero de 2013
La teoría de las cucarachas
Háblame de lo mucho que te quiero, de lo mucho que te echo
de menos incluso cuando estás al lado. Háblame de ayer y de hoy, pero ni me
menciones nada sobre mañana, que sabes tan bien como yo que entre tú y yo no
habrá jamás espacio para una imaginación a futuro, por muy cercano que esté.
Sabes tan bien como yo, incluso mejor, que los besos de hoy no sirven de
precedente para los que posiblemente (o no) vengan después. Sin embargo, amor,
háblame de las distancias de seguridad, de tus lados oscuros y ocultos, de los
cuatro palmos y medio que cada noche reclaman con fervor tu presencia y que se
quejan porque saben que no deben esperar el calor de tu cuerpo, aunque noche
tras noche lo hagan. Háblame de la teoría de olvidarte, de la teoría de las
cucarachas, háblame de calentar el cuerpo sin pretender calentar el alma,
háblame de los imposibles, de tus mentiras, de mis versos, háblame de esta
inspiración espontánea que surge cada vez que rozas mi vida, háblame de las
horas que le faltan al día para poder llegar a pensarte lo suficiente como para
quedarme a gusto. Háblame de cómo no querer besarte, de cómo evitar temblar por
ti, de cómo no mirarte a los ojos y pensar “eres el amor de mi vida”. Háblame
de todo lo que quieras, háblame de amor, háblame de ti, de mí, de algo que se
parezca a un “nosotros”.
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