He grabado en mi retina cada una de tus sonrisas, cada
gemido, cada orgasmo. He sentido que cada noche que pasamos juntos han sido las
noches más felices de mi vida, y no sólo porque hayan sido, también, las más
calurosas sexual y espiritualmente hablando, sino porque hay algo en ellas que
no habrá en ninguna otra noche: tu corazón latiendo junto al mío. Cierro los
ojos y recuerdo todas y cada una de esas noches, minuto a minuto, y juro que
revivo cada orgasmo, casi como si aún estuvieses dentro de mí. Y el pulso se me
acelera, y siento la necesidad de tenerte aquí conmigo, para follarnos o
hacernos el amor, para sentir tu piel, tus manos por mi espalda, mis uñas
clavándose en ti, como queriendo decir “más, más, más”, y lo digo. Y es que
jamás me cansaría de ti, de nuestros encuentros esporádicos llenos de sexo sin
control, a lo bestia, desatando las más bajas pasiones el uno del otro, con
unas ganas que no nos perdonan cada vez que estamos juntos. Pero más allá de
todo lo que la física de nuestros cuerpos es capaz de expresar entre sudor y
otros fluidos entremezclados, está lo que la química de nuestras almas al
tocarse produce al encontrarse. Porque déjame explicarte, amor, que no es lo
mismo correrse sin más que llegar al clímax y sentir que el alma se quiere
escapar de mi cuerpo, que la piel se me erice por ese estúpido temor a que no
la vuelvas a tocar, que mi cuerpo tiemble de miedo, placer y amor al saber que
hemos culminado el más bonito y placentero acto que jamás podrá sentir con
alguien que no seas tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario