viernes, 15 de febrero de 2013

9 de Febrero


He grabado en mi retina cada una de tus sonrisas, cada gemido, cada orgasmo. He sentido que cada noche que pasamos juntos han sido las noches más felices de mi vida, y no sólo porque hayan sido, también, las más calurosas sexual y espiritualmente hablando, sino porque hay algo en ellas que no habrá en ninguna otra noche: tu corazón latiendo junto al mío. Cierro los ojos y recuerdo todas y cada una de esas noches, minuto a minuto, y juro que revivo cada orgasmo, casi como si aún estuvieses dentro de mí. Y el pulso se me acelera, y siento la necesidad de tenerte aquí conmigo, para follarnos o hacernos el amor, para sentir tu piel, tus manos por mi espalda, mis uñas clavándose en ti, como queriendo decir “más, más, más”, y lo digo. Y es que jamás me cansaría de ti, de nuestros encuentros esporádicos llenos de sexo sin control, a lo bestia, desatando las más bajas pasiones el uno del otro, con unas ganas que no nos perdonan cada vez que estamos juntos. Pero más allá de todo lo que la física de nuestros cuerpos es capaz de expresar entre sudor y otros fluidos entremezclados, está lo que la química de nuestras almas al tocarse produce al encontrarse. Porque déjame explicarte, amor, que no es lo mismo correrse sin más que llegar al clímax y sentir que el alma se quiere escapar de mi cuerpo, que la piel se me erice por ese estúpido temor a que no la vuelvas a tocar, que mi cuerpo tiemble de miedo, placer y amor al saber que hemos culminado el más bonito y placentero acto que jamás podrá sentir con alguien que no seas tú. 

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